
Hay heridas históricas que se miden en cifras macroeconómicas, en flujos migratorios o en tratados diplomáticos firmados a puertas cerradas. Pero existe otra dimensión, más silenciosa y devastadora, que no figura en los informes oficiales: la fractura del psiquismo colectivo. Lo que ha ocurrido en Venezuela durante las últimas décadas trasciende una crisis política o un colapso material; constituye, en su sentido clínico más estricto, un trauma psicosocial masivo, continuado y sin cierre.
El trauma no es el acontecimiento en sí, sino la herida que deja cuando la realidad sobrepasa por completo la capacidad humana de procesarla y defenderse. En el caso venezolano, esa herida ha mutado: ya no sangra únicamente por la emergencia humanitaria o la confrontación violenta de otros años, sino por la corrosión interna de vivir bajo una anomalía que exige ser llamada «normalidad».
La pedagogía de la indefensión
El primer pilar del trauma venezolano es la destrucción de la previsibilidad.
Para que un ser humano funcione con un mínimo de equilibrio psicológico, necesita creer que el esfuerzo guarda relación con el resultado, que la ley protege y que el mañana es planificable. En Venezuela, ese andamiaje básico del sentido común fue dinamitado sistemáticamente.
A través de hiperinflaciones que pulverizaron el trabajo de vidas enteras, la pérdida de servicios elementales y la arbitrariedad institucional, la población fue sometida a lo que la psicología denomina indefensión aprendida. Millones de personas aprendieron que ni la protesta masiva, ni el voto, ni el sacrificio individual garantizaban un desenlace justo. El sistema nervioso de la sociedad se agotó en un estado permanente de alerta biológica y cortisol elevado, hasta que el instinto de preservación impuso el apagón emocional: dejar de esperar para dejar de sufrir.
La herida de la traición y el duelo congelado
A este desgaste se sumó un factor que agravó el daño moral: la experiencia del abandono. La constatación de que los principios democráticos y las banderas éticas terminan subordinados a los cálculos energéticos y geopolíticos de potencias extranjeras activó una profunda herida de traición. El venezolano comprobó que el drama de su hogar, de sus hijos dispersos por el continente y de sus cárceles políticas era, en última instancia, una moneda de cambio transaccional.
* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico
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