El TRAUMA INTERMINABLE DE LOS VENEZOLANOS 2

Dr. Luis José Uzcátegui *

La disociación del consumo: comer sobre las ruinas

Esta orfandad política clausuró el duelo. La sociedad quedó atrapada en un duelo congelado o no resuelto.

No ha habido justicia, ni verdad pública, ni un ritual colectivo de reparación que permita a las víctimas procesar la pérdida. Y cuando el trauma no se repara, no desaparece: se somatiza en insomnio, migrañas, desconfianza crónica del prójimo y una sensación difusa de irrealidad. Los problemas de ansiedad, depresión y otro problema psiquiátricos y neurológicos emergen.

En la etapa actual, el trauma venezolano ha encontrado una nueva máscara: la pacificación económica. Tras años de inanición, la promesa del retorno selectivo de la liquidez, de las tiendas abastecidas y la promesa de un «tiempo prudencial» para la recuperación financiera han colocado al ciudadano en un laberinto afectivo.


La latencia de una sociedad en pausa

Aparece entonces la culpa disociativa. Es biológicamente comprensible que el cuerpo y la familia reclamen alivio material, que se busque un respiro tras una década de asfixia.

Sin embargo, querer prosperar o simplemente sonreír bajo las mismas estructuras que provocaron el abismo genera una punzada íntima de vergüenza existencial.

El lenguaje delata la profundidad de la huella. Desaparecieron del habla diaria las palabras vinculadas al bien común, al pacto cívico y a la ciudadanía; en su lugar, el vocabulario se redujo a la supervivencia transaccional: el cuadre, el flujo, la burbuja, el resuelve. La calle dejó de ser un espacio de encuentro ciudadano para convertirse en un territorio de paso donde se camina con la mirada baja.

La mente, para no fragmentarse ante esa contradicción, recurre al cinismo o a la anestesia:

«La política no da de comer», «hay que pasar la página», «el que se queja es tóxico». El dolor no se ha curado; se ha privatizado y sepultado bajo la urgencia cotidiana del consumo básico.

Reconocer que Venezuela atraviesa un hecho traumático no es un ejercicio de fatalismo ni una condena eterna. Al contrario: es el primer paso indispensable para cualquier intento real de recuperación.


Ningún país puede reconstruir su tejido institucional si antes no asume el estado de su salud mental colectiva.

La reactivación de unos comercios o la reapertura de unos créditos bancarios alivian la caja chica, pero no reconstruyen la dignidad rota ni absuelven la memoria.

La sociedad venezolana no está muerta políticamente; se encuentra en un estado de hibernación defensiva, protegiendo sus restos biológicos y afectivos.

El trauma ha dejado una cicatriz honda y silenciosa. Sanarla exigirá, tarde o temprano, mucho más que acuerdos económicos entre cúpulas: demandará la valentía de nombrar la verdad, hacer el duelo pendiente y recordar que la tranquilidad del estómago jamás sustituye la necesidad humana de vivir en libertad y con justicia.


* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico

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