VIVIR EN EL ABSURDO: CUANDO LA NORMALIDAD COLAPSO EN VENEZUELA

Dr. Luis José Uzcátegui *

Abrir una llave de agua y esperar que caiga un chorro cristalino; presionar el interruptor de la pared y asumir que la bombilla iluminará la sala; planificar la compra del mes con el salario mensual. Estos automatismos invisibles son certezas tácitas, obvias y compartidas sobre las que descansa la existencia humana.

En Venezuela, sin embargo, esta forma de existencia humana ha sufrido una desarticulación sistemática. La actitud natural —aquella que nos permite salir a la calle confiando en que el suelo bajo los pies y las reglas del entorno responderán de modo predecible— ha colapsado. El ciudadano no vive; calcula, esquiva y resiste en un ecosistema donde la realidad ha dejado de ser un terreno de certezas para transformarse en una anomalía permanente.

Cuando las cosas pierden su inocencia

En condiciones normales, los objetos cotidianos gozan de una “transparencia funcional”: no pensamos en la cerradura, la usamos; no teorizamos sobre la nevera, guardamos la comida. En el día a día venezolano, esa transparencia se ha roto. El objeto se ha desnudado de su utilidad dócil para convertirse en un obstáculo extraño, una trampa o un reactivo de alarma.

  • El tomacorriente y la nevera: El enchufe ya no es un punto ciego de provisión energética; es una ruleta rusa de sobretensiones capaz de quemar el compresor del refrigerador en segundos. La nevera deja de ser el reservorio del sustento para convertirse en un sarcófago tibio donde la carne se descompone si el apagón sobrepasa las doce horas.
  • El teléfono móvil: La notificación de un mensaje de texto no anuncia una conversación amistosa; detona un sobresalto ante el anuncio de una “desgracia más” o la noticia de una nueva detención arbitraria.
  • El vehículo y los repuestos: El automóvil ya no acorta distancias; es un rehén de la gasolina, un contenedor de fallas invisibles donde una batería agotada o un neumático liso representan un gasto más o la inmovilidad forzada.

Del hogar al encierro opresivo

El espacio habitado exige una condición básica: la acogida. Debe ser refugio y certidumbre. En el contexto nacional, el espacio físico se ha vuelto opresivo e inestable.

El hogar, históricamente concebido como el reducto de descanso, muta en trinchera logística. Las salas y cocinas se abarrotan de bidones de plástico azul llenos de agua estancada, cocinillas eléctricas improvisadas y baterías de automóvil conectadas a inversores caseros. La casa pierde su calor doméstico y adopta la fisonomía de un campamento de supervivencia.

Fuera de cuatro paredes, la calle expone una hostilidad idéntica: alcantarillas sin tapa que devoran transeúntes en la penumbra, avenidas sin alumbrado público donde la noche impone un toque de queda no decretado y alcabalas policiales móviles que no brindan custodia, sino que generan pánico por extorsión. El afuera no se transita con confianza; se cruza con recelo y prisa.

El tiempo desquiciado: la disolución del futuro

El tiempo también ha dejado de ser un río continuo que fluye ordenadamente de un pasado comprendido hacia un futuro planificable. En la cotidianidad venezolana, el tiempo se precipita en la catástrofe inminente o se congela en la antesala del absurdo.

No existe la posibilidad del largo plazo cuando la supervivencia opera en bloques de 24 horas. Los apagones despojan al individuo de noches enteras; las fluctuaciones del tipo de cambio disuelven el valor del trabajo en cuestión de minutos; y la incertidumbre política somete a la psique a un estado de hipervigilancia perenne, donde la tranquilidad de una tarde se interpreta no como paz, sino como la calma tensa que antecede a la siguiente crisis.

Vivir en Venezuela

Vivir en un mundo desquiciado, degradado o reactivo significa habitar en una de las alertas biológicas más continuas y tóxicas de la vida. Cuando el entorno inmediato se vuelve impredecible y las cosas más simples se rebelan contra su propia función, el costo más desgarrador de la crisis venezolana queda al descubierto:

No es solo la precariedad material, sino el agotamiento existencial de una sociedad forzada a descifrar el mundo desde cero cada mañana.

* Médico. Psiquiatra. Antropólogo. Académico

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