VIVIR EN CAOS Y SUFRIENDO EN VENEZUELA

Habitar Venezuela en el presente exige un esfuerzo de existencia que rara vez registran las cifras macroeconómicas o las declaraciones políticas. Para el ciudadano de a pie, la crisis no se mide únicamente en el poder adquisitivo o en los servicios públicos intermitentes, sino en una mutación radical de la estructura misma de la experiencia: el colapso sistemático y mantenido del día a día es decir del mundo que le da sustento a su vida.

En Venezuela no existe ese trasfondo confiable sobre el cual se despliega la cotidianidad —la certeza básica de que al abrir un grifo saldrá agua, de que el transporte cumplirá su ruta o de que el esfuerzo diario asegurará el sustento— se ha desmoronado por completo.

La realidad ha dejado de ser un horizonte habitable para transformarse en un campo minado de fricciones continuas.

Este resquebrajamiento del entorno cotidiano repercute de inmediato en el cuerpo. En condiciones de relativa estabilidad, el cuerpo opera como un medio transparente a través del cual la conciencia percibe e interactúa orgánicamente con el mundo.

Sin embargo, en el día a día venezolano, esa mediación silenciosa ha quedado anulada. El cuerpo deja de ser un instrumento pasa a ser un objeto opaco, envejecido, fragmentado, enfermo y amenazante que monopoliza la atención. Una punzada en el pecho, un mareo en la calle o un episodio súbito de fatiga ya no son señales transitorias: en un contexto donde el acceso a fármacos o a emergencias médicas es una incógnita angustiosa, la corporalidad se experimenta como una trampa biológica susceptible de fallar en cualquier instante. El cuerpo ya no es vehículo de acción, sino el rehén de un entorno hostil.

Esta oscuridad y dolor somático está íntimamente ligada a una temporalidad rota. El venezolano común vive atrapado en una hipervigilancia predictiva donde el presente queda absolutamente vaciado, colonizado por la amenaza del «aún-no». De la tragedia que pronto llegará, tal vez mañana o con seguridad la próxima semana o el mes que viene.

La conciencia para el venezolano no reside en el instante que acontece; está volcada de manera exclusiva a anticipar y neutralizar un futuro inminentemente catastrófico. La mente calcula sin tregua: el próximo corte eléctrico, el siguiente aumento de precios, la avería mecánica imposible de costear, la despedida migratoria. El presente pierde su densidad existencial y se degrada a un intervalo de cálculo ansioso, donde respirar en calma se percibe casi como una imprudencia imperdonable.

Bajo este asedio, la soberanía atencional de la mente del venezolano queda confiscada. No hay tiempo ni posibilidades de observar sin contaminación del caos nacional sus propias emociones e ideas. La conciencia no encuentra margen para practicar la elegancia emocional de aprender del error: la capacidad de poner entre paréntesis la tesis del miedo («esto me va a destruir»). El poblador venezolano no puede observar su expresiones de vida transitorias como la palpitación acelerada, la presión muscular o el calor en el rostro como un flujo neutro y transitorio de sensaciones en la conciencia—, el individuo superpone de inmediato una narrativa de condena y ruina inminente. El síntoma físico se interpreta ipso facto como premonición de desastre.

El venezolano contemporáneo no solo sobrevive a carencias materiales; libra una batalla inadvertida en el plano de su propia estructura perceptiva. Rehenes de un tiempo clausurado y de una corporalidad en alerta permanente, millones de individuos encarnan la fatiga de una existencia donde el mundo dejó de acoger y la conciencia quedó reducida al oficio implacable de vigilar la propia supervivencia.

Dr. Luis José Uzcátegui *

* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico

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