
En los manuales clásicos, el mesianismo siempre viaja en sentido descendente. Llega desde la cúspide del poder: un líder carismático, casi siempre uniformado o provisto de una retórica providencial, se presenta ante la masa como el elegido para guiarla hacia la tierra prometida a cambio de una sumisión incondicional.
Sin embargo, lo que ocurre hoy en las carreteras, pueblos y barriadas de Venezuela subvierte por completo esa lógica. Estamos presenciando un fenómeno insólito: un mesianismo invertido, gestado no desde el púlpito del caudillo, sino desde el desamparo visceral de un pueblo que decidió, por cuenta propia, ungir a su referente ético.
La paradoja es fascinante. El discurso deliberado de María Corina Machado carece de giros místicos o promesas mágicas. No hay en sus intervenciones llamados a la fe ciega ni ofertas de redención material gratuita. Su narrativa es, por definición, racional, liberal y republicana: habla del imperio de la ley, de actas electorales verificables, de propiedad privada, de mérito individual y de la responsabilidad ineludible de cada ciudadano en la reconquista de su propia libertad.
Y, sin embargo, cuando esas palabras descienden al asfalto de un país devastado por la anomia, la persecución y el desmembramiento familiar, el receptor colectivo las decodifica en clave soteriológica. La consigna cívica del “hasta el final” deja de ser una directriz estratégica para convertirse en una promesa de salvación existencial.
¿Por qué una sociedad agotada decide sacralizar a una dirigente que le habla de instituciones y no de milagros? La respuesta no está en los sondeos de opinión, sino en la memoria del dolor acumulado.
Durante años, la política tradicional venezolana funcionó como un mercado persa de componendas cupulares, treguas vergonzantes y claudicaciones negociadas a espaldas de la gente. Frente a esa ciénaga de cinismo, la figura de Machado encarnó una anomalía: la negativa absoluta a doblarse. En la antropología del poder popular, la legitimidad auténtica no se compra con elocuencia, sino que se valida en el sacrificio corporal. El pueblo no admira a una política distante; contempla a una mujer que padeció inhabilitaciones, asedio constante, clandestinidad y que, en un gesto de audacia suprema, regresó al territorio nacional sin armas ni escoltas pretorianas para poner su propio cuerpo en la línea de fuego.
Para una cultura impregnada por el cristianismo popular, esa disposición al martirio no pertenece al ámbito de la táctica electoral; entra de lleno en la esfera de lo sagrado. En un ecosistema institucional corrompido, la intransigencia ética se percibe como pureza.
Esta investidura no la fabrica un laboratorio de propaganda. Nace de abajo, en los gestos minúsculos y desgarradores de la multitud. Se manifiesta en las manos temblorosas de ancianas que estiran los brazos para ponerle un rosario de madera al cuello; en la multitud que se abalanza sobre su vehículo no para pedir prebendas, sino para rozar el metal con la desesperación bíblica de quien busca sanar tocando el manto; en las madres que le entregan las fotos de sus hijos desperdigados por el mundo para que ella los bendiga.
La elección de su reaparición no fue accidental: el Santuario de la Divina Pastora. Aunque en su fuero interno haya respondido a una devoción íntima o a un cálculo prudencial, para el alma colectiva operó como una ratificación numinosa. No fue a una sede partidista ni a una plaza burocrática; acudió desarmada a la casa de la Madre. Allí se selló el pacto mariano: la identificación de millones de mujeres que ven en ella el coraje de la madre doliente y combativa dispuesta a todo por reunificar a la familia venezolana rota por el éxodo.
Este mesianismo ascendente encierra una fuerza monumental. Es el combustible psicosocial que pulverizó la barrera del terror, desactivó la resignación aprendida y devolvió la dignidad a un país que muchos daban por vencido. Quienes colman las autopistas no esperan las migajas de un Estado paternalista; exigen el fin de una pesadilla para volver a ser dueños de su destino.
Desde el enfoque emocional lo que se percibió en los pobladores con el regreso de María Corina Machada el domingo 25 de octubre fue un “Descongelamiento catártico colectivo” y un “Amanecer de restitución afectiva”
Pero el fenómeno también encierra su propia trampa. Cargar sobre los hombros de una sola persona las expectativas de redención de una nación entera entraña un riesgo inmenso. Tarde o temprano, la política tendrá que descender del monte de la transfiguración a la llanura profana, árida y frustrantemente lenta de la reconstrucción institucional, donde no hay milagros, sino presupuestos, acuerdos complejos y desavenencias democráticas.
Mientras ese momento llega, la lección de las calles es incontestable. Venezuela no espera a un salvador que le regale el futuro; construyó su propia guía para arrebatárselo al silencio. ha reconocido su propio valor y ha comenzado a sanar la más destructiva de todas las patologías autoritarias: la resignación.
* Médico. Psiquíatra. Antropólogo. Académico
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