

Si el rostro de Venezuela hoy pudiera traducirse en un diagnóstico clínico, no hablaríamos de alivio por la ausencia de un dictador, sino de una depresión colectiva reactiva. La caída de Maduro, que debió ser el clímax de una catarsis nacional, se ha convertido en un «limbo emocional» donde el venezolano no solo se siente derrotado, sino profundamente burlado.
La realidad de este mayo de 2026, con Delcy Rodríguez al mando y el beneplácito de Donald Trump, ha desatado una marea de emociones negativas que están erosionando la mente del ciudadano y el tejido social de manera silenciosa pero devastadora.
La Indefensión Aprendida: El fin de la voluntad
El efecto más visible es la indefensión aprendida. Tras años de movilización, sacrificio y fe en una transición liderada por María Corina Machado, el ver que las fichas se mueven en un tablero ajeno a la voluntad popular ha roto el resorte de la acción.
- El síntoma: Una apatía paralizante. El ciudadano ya no protesta no porque tenga miedo, sino porque ha internalizado que su esfuerzo no tiene impacto en el resultado final. Es la rendición del alma política.
Despecho Geopolítico y Traición Sistémica
El apoyo de Trump a Rodríguez ha generado un sentimiento de despecho hacia el aliado. El venezolano promedio, que veía en el liderazgo estadounidense una brújula moral y de fuerza, hoy experimenta una «traición de apego».
- La emoción: Un resentimiento amargo. Se siente que la lucha de millones fue una ficha de cambio en una transacción petrolera o estratégica. Esta traición genera una desconfianza crónica que dificultará cualquier intento futuro de reconstrucción democrática.
La «Anomia» y el Vértigo ante la Mentira
Vivimos bajo un Vértigo Transaccional. Es la náusea de ver que el discurso de «libertad» fue sustituido por el de «estabilidad a cualquier precio». Esto genera anomia social: una ruptura de las normas y valores donde el ciudadano ya no sabe qué es verdad o qué es mentira.
- Consecuencia psicológica: Un estado de alerta constante y ansiedad generalizada. Si el «mal» (el régimen) ahora es elogiado por el «bien» (el aliado externo), el marco de referencia moral colapsa, dejando al individuo en una soledad existencial profunda.
El Duelo Patológico: El entierro que no fue
En psicología, un duelo se complica cuando no hay un cuerpo que enterrar o cuando el agresor sigue presente en la casa. El venezolano vive un Duelo Suspendido. Maduro está en Nueva York, pero el «sistema» que destruyó el país desayuna cada mañana en Miraflores.
- El efecto: Una rabia contenida que no encuentra cauce. Al no haber una ruptura total con el pasado, el alivio se transforma en frustración crónica. No hay cierre, solo una mutación del malestar.
Las tres caras del sentimiento nacional
El registro emocional del venezolano este mes se puede clasificar en tres grandes bloques:
1. Indefensión Aprendida: Un sector mayoritario ha caído en la apatía. Tras años de lucha, ver que el sistema se «recicla» con el permiso internacional genera la creencia de que, haga lo que haga el ciudadano, nada cambiará realmente.
2. Solastalgia (dolor, angustia o tristeza profunda) Política: La angustia de vivir en una Venezuela que «ha cambiado» (ya no está Maduro) pero que sigue siendo un lugar irreconocible y hostil para quienes buscan democracia plena.
3. Vértigo Transaccional: La náusea colectiva de entender que la libertad personal y nacional fue, aparentemente, canjeada por estabilidad petrolera y acuerdos geopolíticos de última hora.
Conclusión: La erosión de la identidad
Lo que estamos presenciando en mayo de 2026 es el paso de la «esperanza combativa» a una «resignación cínica». El venezolano se está refugiando en el individualismo más extremo para sobrevivir al dolor de la decepción.
El mayor peligro hoy no es la economía o la represión, sino la muerte del deseo de país. Cuando un pueblo siente que su destino no le pertenece, la emoción dominante es el vacío. Y un país vacío es, en última instancia, un país que deja de luchar por sí mismo.
La gran incógnita de este mayo de 2026 no es cuánto durará el nuevo régimen de Rodríguez, sino cuánto tiempo podrá el tejido social venezolano resistir este estado de incertidumbre aguda sin romperse definitivamente. La esperanza, que una vez fue el motor de la calle, hoy parece haber sido sustituida por un cinismo defensivo: la coraza de un pueblo que ya no quiere que le prometan amaneceres que nunca llegan.
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* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico
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