LA ANSIEDAD NOS HACE TORPES EN LAS RELACIONES Y EN LOS AFECTOS

Dr. Luis José Uzcátegui *

Octubre el mes de la salud mental.

¿Alguna vez ha sentido que, sin razón aparente, su cuerpo reacciona como si estuviera frente a un peligro inminente? A menudo asociamos la ansiedad con el exceso de preocupaciones o el estrés cotidiano. Sin embargo, la ciencia nos revela una perspectiva mucho más profunda: la ansiedad no es solo una “idea en la cabeza”, sino un estado de alarma biológica que transforma la forma en que nos relacionamos con el mundo y con quienes nos rodean.

Para comprender qué ocurre en el cerebro ansioso, debemos entender primero que los seres humanos no estamos diseñados para vivir en solitario. Nuestro sistema nervioso es fundamentalmente social; necesitamos la certeza de sentirnos seguros, aceptados y acompañados para que nuestro cuerpo y nuestra mente funcionen en calma. Cuando la ansiedad patológica se instala, ese mecanismo de calibración y seguridad se desajusta.

1. El «filtro defectuoso»: ver amenazas donde hay calma

Desde nuestros primeros años de vida, el afecto y la atención que recibimos graban una especie de «huella» en el cerebro. Esta huella actúa como un mapa o un filtro a través del cual interpretamos la realidad: nos dice si el entorno es amigable o peligroso.

En una persona que padece ansiedad crónica, la amígdala —la alarma de incendios del cerebro— se vuelve hiperactiva. El filtro se distorsiona: un gesto neutro en el rostro de un compañero de trabajo, de la pareja, de un familiar o un silencio inesperado o un mensaje sin responder no se perciben como eventos normales, sino como señales de rechazo o amenaza. La química cerebral se altera y el cuerpo permanece en una tensión constante, reaccionando antes de que la razón pueda intervenir.

2. El miedo a la exclusión y la trampa de la hipervigilancia

Para nuestros ancestros, quedar fuera del grupo o ser rechazado equivalía a una sentencia de muerte. Evolutivamente, nuestro cerebro aprendió a procesar el aislamiento social en las mismas regiones que procesan el dolor físico.

Cuando la ansiedad se intensifica, el deseo natural de pertenecer y sentirnos seguros se convierte en un estado de hipervigilancia paralizante. En situaciones como la ansiedad social, la persona anticipa constantemente el dolor del rechazo. El sistema nervioso entra en modo de «lucha o huida»: la mente se llena de pensamientos repetitivos y la creatividad o la capacidad de disfrutar el momento presente se bloquean para dar prioridad a la búsqueda de peligros invisibles.

3. La comunicación no verbal que desconecta

Nos comunicamos mucho más con el cuerpo y la voz que con las palabras. Cuando estamos en calma, nuestro sistema nervioso transmite paz a los demás de forma automática. Sin embargo, la ansiedad altera estos canales de conexión sin que nos demos cuenta:

  • El tono de voz (Prosodia): El oído humano está diseñado para detectar las emociones detrás de la voz. Cuando la ansiedad toma el control, la voz suele volverse más tensa, acelerada o monótona. Sin quererlo, transmitimos una señal de alarma que activa la tensión en quienes nos escuchan.
  • La falta de presencia real: Sostener una conversación requiere estar presente. Cuando la mente ansiosa viaja al futuro imaginando escenarios catastrofistas o al pasado repasando errores, la persona pierde el contacto con el aquí y el ahora. Esto dificulta la sintonía emocional, impidiendo que el abrazo, la mirada o la cercanía de un ser querido tengan su efecto modulador y tranquilizador.

Restablecer la calma: entender para sanar

Comprender que la ansiedad altera nuestros cimientos biológicos y relacionales nos permite mirarla con una nueva luz. La ansiedad no es una debilidad de carácter ni una simple manía por preocuparse; es un sistema de defensa biológico que se ha quedado encendido por error.

Reconocer cómo la tensión afecta nuestras palabras, nuestra postura y la forma en que interpretamos a los demás es el primer paso para desactivar la alarma. A través del acompañamiento adecuado, la terapia y entornos humanos de apoyo, el cerebro puede aprender nuevamente a apagar el estado de alerta, recuperar la sensación de seguridad y reconectarse plenamente con los demás.

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* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico

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