El Silencio en medio del Caos: El niño con Autismo y la lucha por ser escuchado en la Venezuela del «Echando pa’lante»

Dr. Luis José Uzcategui *

En una Venezuela donde el lenguaje se ha convertido en un blindaje de supervivencia, donde el doble sentido es la norma y el «chalequeo» es el pan de cada día, existe un grupo de ciudadanos cuyo código de comunicación desafía todas nuestras reglas invisibles. Se trata de los niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA), pequeños náufragos de la literalidad ( cualidad de ajustarse con exactitud al sentido propio y directo de las palabras, sin interpretaciones figuradas, irónicas o metafóricas) en un océano de hiperboles (exagerar desmesuradamente cualidades, acciones o cantidades para enfatizar una idea, provocar impacto emocional o generar humor) y ruidos.

Cuando la «Chispa» venezolana se convierte en Barrera

El venezolano se enorgullece de su agudeza mental, de su capacidad para leer entre líneas y de ese «guaguancó» al hablar. Pero, ¿qué pasa cuando tu cerebro no está diseñado para el sarcasmo? Para un niño con autismo, las frases que usamos para «resolver» la vida son muros infranqueables.
Cuando un adulto le dice a un niño con TEA: «¡Vuela a buscar los zapatos!», mientras el país corre con estrés, ese niño no entiende la prisa; busca alas. Su lenguaje es de una honestidad radical, una pureza que choca frontalmente con la «viveza criolla» y los códigos de calle que hemos normalizado.

Ecolalia vs. Jerga: Dos formas de buscar refugio

Mientras el ciudadano común adopta términos de poder para protegerse, el niño con autismo utiliza la ecolalia —la repetición de frases o sonidos—.

  • Para el adulto en la calle, repetir un modismo es pertenecer a la «tribu».
  • Para el niño con TEA, repetir una frase de una película es crear un anclaje de seguridad ante el caos sensorial de una ciudad ruidosa, con plantas eléctricas encendidas y bocinas constantes.

La Empatía en Crisis: El prejuicio del «Niño Malcriado»

El análisis de nuestro lenguaje actual revela que somos empáticos con «el que está en lo mismo». Sin embargo, esa empatía suele fallar ante lo neurodiverso. En las instituciones o en la cola del supermercado, el lenguaje corporal del autismo (el aleteo, la falta de contacto visual o las crisis sensoriales) es interpretado por el observador venezolano bajo el lente del juicio: «Es un niño malcriado» o «le falta mano dura».
Nuestras normas invisibles de cortesía exigen «pedir la bendición» o «mirar a los ojos». Al no cumplirlas, el niño es desplazado lingüísticamente. Se le etiqueta como «raro» en un país donde la presión de grupo es una de las fuerzas más potentes para moldear la conducta.

El desafío: Traducir la ternura

Si el lenguaje de los políticos es estéril y el de los influencers es una burbuja, el lenguaje del autismo es un recordatorio de lo que hemos perdido: la verdad sin filtros.
Recuperar la capacidad de entender a estos niños requiere que la sociedad venezolana haga un esfuerzo de traducción inversa. No es el niño quien debe «aprender a hablar venezolano»; es el venezolano quien debe aprender a leer el silencio, a respetar el ritmo del otro y a entender que la solidaridad de la que tanto nos ufanamos solo es real si incluye a quienes procesan el mundo de manera diferente.

Conclusión

En la Venezuela de 2026, la verdadera «resiliencia» no solo está en aguantar la crisis, sino en expandir nuestra memoria colectiva para incluir lenguajes distintos. El niño con autismo no necesita que «nos hable claro y duro», necesita que aprendamos a escuchar su frecuencia, una que es mucho más profunda que cualquier grito de calle.

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* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico

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