EL HOMO AFFECTUS: SENTIR PARA PENSAR

Dr. Luis José Uzcátegui. Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico

Hoy se celebra el día del Psiquiatra en Venezuela

Durante siglos —largos, estériles y petrificados siglos de soberbia intelectual— nos empeñamos en edificar un santuario a un espectro: el mítico Homo Racional. Aquella figura marmórea, concebida por los viejos teóricos como un autómata, pretendía gobernar el reino del pensamiento con la fría indiferencia de un reloj astronómico. Mas quien haya descendido con linterna sorda a las criptas del cerebro sabe que tal estatua jamás tuvo pulso.

Nos enseñaron que el cerebro humano funciona como una computadora fría y calculadora: que la razón manda y las emociones son un estorbo que nubla el juicio. La neurociencia moderna acaba de demostrar exactamente lo contrario. No somos máquinas que piensan; somos seres que sienten y que, gracias a lo que sienten, pueden pensar.

Bajo la tarima donde pretendíamos sepultar nuestras pasiones, late, con ritmo sordo, creciente e implacable, una criatura anterior y soberana: el Homo Affectus.

No nos engañemos; no invocamos aquí una alegoría lírica ni una licencia literaria. La neurociencia afectiva y cognitiva moderna nos impone un dictamen clínico indiscutible: el afecto no es una niebla turbulenta que perturbe la maquinaria del raciocinio; es el fuego primigenio que forja, orienta y sostiene la arquitectura entera de la mente humana. Desconocer este latido es condenarse a la ceguera de una lógica estéril; reconocerlo es descifrar el círculo vivo de nuestra naturaleza. Es, en última instancia, doblegar el abismo de la angustia: la ansiedad abrasiva, el pánico repentino, el temor al porvenir, el peso de los dolores pretéritos y la incomunicación con el otro.

Cuando desconectamos del ruido diario y reflexionamos sobre quiénes somos, activamos circuitos profundos que nos permiten aprender de los errores y no actuar en piloto automático. Además, los centros cerebrales de recompensa y motivación no solo buscan comida o placeres rápidos; se encienden con mayor fuerza cuando ayudamos a otros, cuidamos a quienes queremos y construimos proyectos con propósito.

No estamos rotos por sentir con intensidad. Las emociones no son un fallo del sistema, sino la brújula que mantiene en marcha al pensamiento. Aprender a escucharlas, ponerles palabras y compartirlas no es debilidad: es la forma más avanzada y saludable en que opera el cerebro humano.

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