

Mariela permanece sentada en una colchoneta de un refugio improvisado en La Guaira, con los ojos fijos en la nada y los brazos cruzados firmemente sobre el pecho. Su edificio en Caraballeda se desplomó por completo el pasado miércoles 24 de junio durante el letal sismo principal de magnitud 7,5. Ella logró correr a tiempo; su vecina de piso y los hijos de esta no lo consiguieron. Mariela no tiene heridas físicas aparentes, pero padece una afección invisible y desgarradora: pide perdón en voz baja por seguir respirando.
A siete días de que el doble terremoto con epicentro en Yaracuy sacudiera con violencia el norte de Venezuela —dejando un doloroso saldo que ya supera los 1.900 fallecidos y más de 10.000 heridos—, las primeras consulta en psiquiatría alertan sobre un repunte (posiblemente masivo) de la culpa del superviviente. Este fenómeno psicológico, común tras catástrofes de gran magnitud, se está manifestando con una agresividad alarmante entre pacientes que estoy tratando y posiblemente también entre las miles de personas damnificadas que hoy duermen a la intemperie o en albergues del Distrito Capital y el litoral guaireño.
La Omnipotencia y el Sesgo del “¿Y si…?”
La culpa del superviviente actúa como un retorcido mecanismo de defensa ante la absoluta impotencia. El cerebro de las víctimas se niega a aceptar que la supervivencia dependió, en su mayor parte, del más puro azar, de un asiento más cerca de la puerta o de un reflejo milimétrico en medio de los angustiantes segundos que duró el temblor. En su lugar, el sujeto prefiere castigarse con «omnipotencia», convenciéndose a sí mismo de que poseía el poder absoluto de cambiar la historia: “Si yo me hubiera quedado un segundo más a levantarla»” o “debí haber regresado por ellos”.
A esto se suma el implacable sesgo de retrospectiva cognitiva (significa querer resolver el pasado como si fuera presente). Quienes hoy caminan entre los escombros de Altamira o Los Palos Grandes evalúan las caóticas decisiones que tomaron en el milisegundo del colapso utilizando la información estructurada que poseen hoy, una semana después. El resultado es un bucle (proceso mental que se repite una y otra vez) contrafáctico (situación imaginaria que contradice los hechos reales) del pasado destructivo que destruye el mapa mental del superviviente, llevándolo a interpretar su propia vida como un acto involuntario de egoísmo o deslealtad hacia sus fallecidos.
«La culpa es, paradójicamente, más tolerable para el cerebro humano que aceptar la desoladora realidad de que no teníamos ningún control sobre la tierra que se abría.»
El Choque Existencial contra el Azar Extremo
La perspectiva existencial cobra un sentido escalofriante. Un terremoto de tipo doblete quiebra de golpe la narrativa más profunda del ser humano: la ilusión del «mundo justo». Descubrir que la vida o la muerte se decidieron por una fracción de segundo destruye las certezas básicas de orden y seguridad. El superviviente se encuentra de frente con el absurdo absoluto de la naturaleza.
Al dolor de haberlo perdido todo materialmente o seres queridos, se le sobreañade la carga existencial de justificar la existencia propia frente a los caídos. Médicos y rescatistas en el terreno con quienes he hablado relatan cómo algunos sobrevivientes rechazan de forma inconsciente la ayuda humanitaria, el abrigo o los alimentos no perecederos. Es una autoexpiación involuntaria, un intento desesperado por solidarizarse con el sufrimiento y la carencia de la tribu que quedó atrapada bajo los bloques de concreto.Análisis del Trauma Post-Sismo (Enfoques Clínicos)
- Dimensión Psicológica: Internalización del dolor colectivo. El alivio inicial de estar vivo transmuta rápidamente en autoreproche y parálisis emocional.
- Dimensión Cognitiva: Pensamiento contrafáctico repetitivo. Procesamiento erróneo del desastre natural adjudicándose fallas personales de rescate.
- Dimensión Existencial: Pérdida total del sentido de seguridad. Choque profundo con la finitud y la aleatoriedad de la geología.
- Dimensión Antropológica: Ruptura de los rituales del duelo. El estado de emergencia y la búsqueda de desaparecidos (amigos o familiares) postergan los funerales necesarios para que el individuo asimile la pérdida.
Reconstruir desde las Ruinas del Sentido
La intervención psicoterapéutica inmediata en las zonas de desastre es tan crucial como la remoción de escombros. Para mitigar este flagelo no se debe invalidar el dolor del paciente diciéndole simplemente «tuviste suerte», ya que esto agrava la disonancia cognitiva. Por el contrario, se utilizan herramientas de reestructuración para que la persona asimile que la magnitud de un movimiento telúrico de 7,5 escapa a cualquier capacidad de cálculo humano, ayudándole a redibujar el gráfico de la responsabilidad real.
A una semana de la peor tragedia sísmica que ha vivido el país en el último siglo, el verdadero desafío terapéutico será guiar a los supervivientes a transmutar la devastadora pregunta del “¿Por qué yo?” en un horizonte existencial transformador: “¿Qué hago ahora con la vida que me fue devuelta?”. El camino de la sanación individual y colectiva en Venezuela no consistirá en olvidar el crujido de la tierra, sino en permitir que quienes sobrevivieron reconozcan que su presencia y su reconstrucción emocional son el tributo más digno que pueden ofrecer a la memoria de quienes partieron.
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* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico
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