

No es falta de voluntad ni un defecto de carácter. Para miles de personas, gestionar las emociones es como intentar conducir un vehículo sin frenos en una pendiente.
A todos nos ha pasado: un comentario fuera de lugar en el trabajo, un malentendido con la pareja o un pequeño imprevisto doméstico nos genera una chispa de irritación o tristeza. Sin embargo, para la mayoría, esa chispa se apaga rápido. Para quienes viven con dificultades en la regulación emocional, esa misma chispa equivale a un incendio forestal que consume todo a su paso.
Más que una «persona sensible»
La psiquiatria moderna ha dejado de etiquetar a estas personas como «difíciles» o «exageradas». Hoy sabemos que la regulación emocional es un proceso complejo donde intervienen la biología y el aprendizaje. Quienes presentan dificultades en esta área suelen experimentar lo que se llama vulnerabilidad emocional alta.
Esta vulnerabilidad se manifiesta en tres etapas críticas:
1. Hipersensibilidad: El sistema de alerta se activa ante estímulos mínimos.
2. Intensidad desbordante: La emoción no llega como una ola, sino como un tsunami.
3. Larga duración: Mientras otros recuperan la calma en minutos, estas personas pueden quedar «atrapadas» en el malestar durante horas o incluso días.
La Ventana de Tolerancia: El límite invisible
Para entender este fenómeno, se utiliza el concepto de la «Ventana de Tolerancia«. Es el espacio en el que somos capaces de procesar lo que sentimos sin perder la funcionalidad.
Cuando una persona tiene dificultades de regulación, su ventana es muy estrecha. Ante la ansiedad o el estrés, «salta» rápidamente hacia afuera en dos direcciones posibles:
• Hiperactivación: El cuerpo entra en modo de lucha o huida. Aparece la rabia explosiva, el pánico o la angustia incontrolable.
• Hipoactivación: El sistema se colapsa. La persona siente un vacío profundo, entumecimiento o una desconexión total del entorno (disociación).

El costo de no saber qué se siente
Uno de los mayores obstáculos es la incapacidad de ponerle nombre a la emoción. «Siento que me voy a morir de dolor, pero no sé si es porque estoy triste, decepcionado o simplemente asustado», explican muchos pacientes en consulta.
Al no poder identificar la emoción, es imposible gestionarla de forma saludable. Esto suele llevar a conductas impulsivas —como el aislamiento, las compras compulsivas o el uso de sustancias— que actúan como «anestesia» inmediata, pero que terminan agravando el problema original.
El cerebro detrás del sentimiento
La neurociencia ha demostrado que en estas personas la amígdala (el centro emocional del cerebro) está hiperactiva, mientras que la corteza prefrontal (la parte encargada de la lógica y el freno emocional) tiene dificultades para comunicarse con ella. Es, literalmente, un sistema de seguridad que da falsas alarmas de incendio constantemente.

Hay esperanza: la habilidad de volver al centro
La buena noticia es que la regulación emocional no es un rasgo inmutable, que no cambia, sino una habilidad que se entrena. Terapias como las desarrolladas en los programas de Ansiedad Soluciones han demostrado un éxito rotundo al enseñar a los pacientes a observar sus emociones sin ser arrastrados por ellas.
El mensaje claro: Sentir de forma intensa no es una condena. Con el apoyo adecuado y las herramientas correctas, es posible transformar esa tormenta emocional en una brújula para vivir una vida más consciente y plena
Aprovechar la neurotecnologia más moderna como el escáner de emociones permite descubrir y precisar que pasa en la mente y cerebro que genera desregulación emocional

* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico
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