CUANDO LA MAGIA Y LA FE SUSTITUYEN A LA POLÍTICA

Dr. Luis José Uzcategui *

En una sociedad donde la palabra pública y privada perdió su capacidad de abrazar, el pueblo no “enloquece”: se refugia en lo sagrado, la magia y lo esotérico para no perder la cordura.

Hay una forma de orfandad que no se registra en las estadísticas económicas ni se debate en las asambleas políticas: la orfandad afectiva. En la Venezuela contemporánea, el ciudadano común camina por un territorio donde las palabras del liderazgo han perdido la capacidad de cobijar, los medios de comunicación abruman sin consolar y la velocidad atronadora de las redes sociales fragmenta la empatía en miles de interacciones vacías.

Frente a este paisaje de permanente hipervigilancia y fatiga existencial, surge una pregunta inevitable: ¿qué hace un ser humano cuando el entorno social le retira la contención emocional que necesita para sobrevivir?

La respuesta no habita en las plazas públicas ni en el debate institucional. Habita en la intimidad de las casas, en la pequeña vela que se enciende en una esquina de la cocina, en la consulta con el santero, en la misa dominical o en el susurro de una oración antes de que caiga la noche. Hay quienes, desde la distancia o el dogmatismo técnico, observan este fenómeno con condescendencia, catalogándolo de “retraso cultural” o “superstición desesperada”. Se equivocan profundamente.

La búsqueda de la fe y el ritual en tiempos de zozobra no es un acto de irracionalidad; es el instinto biológico de una psique que se niega a perecer en la desesperanza.

La Magia como Restauración de la Dignidad

Desde la antropología y la neurobiología sabemos que el ser humano no soporta la impotencia prolongada. Cuando los canales formales de poder se vuelven sordos, la mente busca mecanismos compensatorios para recuperar el control sobre su propio destino. La fe, la religiosidad popular y las prácticas esotéricas no son refugios de ignorancia, sino mecanismos de supervivencia adaptativa.

El ritual cumple una función sanadora irremplazable: convierte la angustia pasiva en una acción simbólica que devuelve al individuo su sentido de agencia. Al encender un velón o invocar una protección divina, la persona deja de ser una cifra indefensa en medio de la tormenta social y vuelve a sentirse protagonista y protectora de los suyos.

Más aún, en un ecosistema digital que promueve el juicio constante y la soledad hiperconectada, los espacios de fe ofrecen algo que la tecnología jamás podrá replicar: presencia humana, escucha compasiva y validación afectiva. En la comunidad espiritual no se juzga el estatus socioeconómico ni la postura ideológica; se acoge la fragilidad del ser.

Una Verdad que Cuestiona al Poder

Afirmar que el venezolano está desesperado y desamparado por sus referentes públicos, y que por ello acude a la trascendencia, no es una mera hipótesis: es un diagnóstico certero de nuestra realidad socioemocional.

El auge del misticismo y la fe popular en la Venezuela de hoy es, en el fondo, un juicio silencioso pero devastador contra la mediocridad del discurso público. Revela que las élites políticas y los constructores de la opinión social y digital han olvidado la primera regla de la convivencia humana: la necesidad de empatía y sostén emocional.

El venezolano no ha perdido el juicio; ha encontrado en las raíces arcaicas de su cultura la reserva moral y psíquica para no desmoronarse. Mientras el debate institucional y mediático continúe de espaldas al dolor cotidiano, el altar silencioso de cada hogar seguirá siendo el único lugar donde la dignidad humana encuentra, por fin, un lugar donde descansar.

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* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico

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