

Los reciente terremotos en Venezuela nos dejó a muchos con el corazón en la boca, una extraña sensación de mareo, la mirada fija en las lámparas del techo y una explosión de emociones únicas. Pasado el susto, queda una pregunta flotando en el ambiente: ¿Por qué un sismo de apenas unos segundos nos despierta un miedo tan profundo, incontrolable y difícil de calmar, incluso cuando ya sabemos que estamos a salvo?
Cuando el suelo se quiebra, no solo se agrietan los muros de concreto: se desploma, el «ser-en-el-mundo». Se rompe la confianza primordial en la realidad.
Para entenderlo, no hay que mirar las fallas geológicas, sino las fallas de nuestra propia historia como seres humanos. Cuando el suelo se mueve, no solo se sacuden los edificios; se sacude un chip mental que llevamos grabado en los genes desde hace miles de años.
El «Síndrome de la Tierra Líquida»: Cuando el instinto toma el control
Pero ante el sismo o la erupción volcánica, la acción es nula. El volcán y el terremoto introdujeron en la mente humana la noción de la impotencia absoluta.
Vivimos bajo una regla no escrita: damos por sentado que el suelo es lo único firme que tenemos. Caminamos, construimos y dormimos confiando en que la Tierra no se va a mover.
Cuando esa única certeza se rompe, nuestra mente genera El Síndrome de la Tierra Líquida o Neurosis Tectónica Ancestral. En ese instante, ocurre algo sorprendente en nuestro cerebro:
- Viajamos en el tiempo: En un segundo, dejamos de ser el ciudadano moderno con teléfono inteligente en mano y nos convertimos en el humano cavernícola. Toda nuestra civilización se borra y quedamos indefensos ante la naturaleza.
- La alerta que no se apaga: El miedo común nos invita a correr o a defendernos. Pero ante un temblor, no hay contra quién pelear ni adónde huir, porque lo que se mueve es todo lo que nos rodea. Esto genera una parálisis y una sensación de desamparo absoluto.
- El miedo se contagia en sintonía: Cuando la comunidad ya vive con estrés o preocupaciones acumuladas, el sismo funciona como un detonante. El miedo de uno se conecta inmediatamente con el del vecino, creando una ola de ansiedad colectiva.
¿Y si la ansiedad nació con los primeros volcanes y terremotos?
Siempre hemos creído que la ansiedad es una enfermedad moderna, causada por el ritmo de vida, el trabajo o los problemas diarios. Sin embargo, si viajamos al origen de la humanidad, es muy probable que la auténtica raíz de la ansiedad y el miedo haya nacido en la prehistoria, provocada por los terremotos y las erupciones volcánicas.
Nuestros antepasados aprendieron a defenderse del frío con fuego, a cazar animales para comer y a unirse en tribus para cuidarse de los peligros. Había una lógica: si venía un depredador, se escondían o lo atacaban. Había control.
Pero frente a un terremoto o la furia de un volcán, el hombre prehistórico descubrió la impotencia absoluta. No había cueva que los protegiera ni estrategia que funcionara.
De esa experiencia traumática nacieron dos grandes marcas que aún cargamos hoy:
La sospecha permanente: El humano que sobrevivió a un gran terremoto en la antigüedad nunca volvió a mirar el paisaje con tranquilidad. Dejó de confiar en la quietud. Así nació la ansiedad anticipatoria: ese estado de alerta constante, el miedo a que «algo malo va a pasar en cualquier momento» aunque todo parezca estar en calma.
La necesidad de buscar explicaciones: Para no “volverse locos” ante un peligro que no entendían, los primeros hombres crearon los mitos. Imaginar que los temblores eran causados por dioses furiosos o monstruos bajo tierra fue la primera terapia de la humanidad; era más fácil rezarle a un dios enfadado que aceptar que la Tierra se movía sin ninguna razón.
Aprender a respirar sobre suelo firme
La ansiedad contemporánea es la reverberación de aquellos volcanes paleolíticos que grabaron a fuego en nuestros genes una gran verdad: somos huéspedes frágiles de un gigante que respira.
Lo que sentimos los venezolanos tras el sismo no es una exageración ni una debilidad. Es, literalmente, la memoria de nuestra especie que se activa para recordarnos que somos seres vulnerables viviendo en un planeta vivo.
Por eso las réplicas ( “terremotos pequeños”) son recuerdos lacerantes en nuestra psiquis de lo indefensos que somos y también de que la vida es mucho más que fatuidad
Esa sospecha que nos queda en los días posteriores, ese saltar de la silla ante el paso de un camión pesado o mirar de reojo el agua del vaso, es el eco de un miedo prehistórico. Entender que nuestra mente está programada para reaccionar así es el primer paso para recuperar la calma, “respirar hondo” y recordar que, aunque la Tierra respire y se mueva, hoy tenemos herramientas para protegernos y, sobre todo, para acompañarnos.
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* Médico psiquiatra. Antropólogo. Académico
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